viernes, febrero 17, 2012

Hoy mi disfraz...

Fieltro, tela barata, ropas viejas, pespuntes torpes, sombreros de cartón, espadas de plástico y bigotes de pega. Es el Antroxu, el carnaval, el desenfreno, la excusa para mutar por unos días de apariencia.

A mí nunca me ha gustado disfrazarme. Supongo que me tomo demasiado en serio (lo cual es muy malo, ya se lo digo yo). Nunca me ha gustado el aparentar ser otra cosa de lo que ya aparento ser todo el año. Y menos hacerlo de forma tan cutre. Si me disfrazase, me gustaría hacerlo bien, poder sentirme realmente otro, y no ir de indio americano con una camiseta de color carne con las abdominales pintadas a rotulador…

Pero hoy haré una excepción.

Ya llevo unos cuantos artículos escribiendo sobre la traca política de última hora, sobre los temas que tocan los opinólogos serios, y ahora quisiera volver a vestirme del ‘metafísico cutre y barato, del poeta gafapasta’ que era antes -así me describieron y no me pesa: tenían razón-, para volver a escribir sobre los universales. Porque eso indicaría que la realidad no me estaría nublando con sus sombras y que no me habría perdido en la caverna olvidando el sol, que podría hablar de la Justicia, o del Miedo, o de la Responsabilidad sin ejemplos concretos, apoyándome en personas, o personajes, anónimos.

Últimamente los protagonistas tienen nombres y apellidos: Urdangarin, Garzón, Cascos, Rubalcaba, Papademos… Personas concretas, máscaras concretas.

No sé si saben ustedes que ‘persona’ es una palabra que tiene su origen en el teatro. En la Grecia clásica se usaban máscaras para representar las obras, y esas máscaras, que permitían a un mismo actor representar varios personajes, tenían también una función acústica: hacían de altavoz. Al quedar solo un orificio delante de la boca del actor, todo lo que este decía se proyectaba a través de él, y la audiencia podía oír mejor su declamación. En Roma, por esa función, llamaron a las mascaras ‘persona’ (‘per sonare’, para hacerse oír). De esta misma raíz viene ‘personaje’, ‘personalidad’…

Es decir, que todo lo que las personas -individuos únicos gracias a nuestra personalidad- creemos ser, no es más que producto de una máscara que nos ponemos para representar el personaje que nosotros decidimos.

En carnaval cambiamos nuestra máscara habitual por otra. Yo llevo una temporada avinagrado e irascible (creo que con esta realidad todos lo estamos un poco), y hoy me pongo el disfraz de metafísico gafapasta (hecho de fieltro y cogido con pespuntes -perdónenme por mis imprecisiones etimológicas los de Clásicas-) para evitar hablar de la reforma laboral, de Garzón o de Mercedes Fernández.

Hoy mi máscara quiere proyectar algo más trascendente, que -aunque no sirva para nada- creo que nos hace mirar más lejos.

1 comentario:

La Oro dijo...

Me encanta cuando te pones metafísico gafapasta. También.