viernes, enero 13, 2012

Punto y final

Generalmente uno vive alguna muerte ya de muy pequeño; cuando se nos muere un gato, un perro o, si no hay tanta suerte, un abuelo, o alguien incluso más cercano. Comenzamos a verla y a aceptarla. Con las primeras muertes vivimos el duelo, ese periodo de tristeza intenso, y de incomprensión del misterio de la vida, que es que se acaba. Nacemos con la única certeza de que nos vamos a morir, y depende de cómo nos acerquemos a esta verdad viviremos de una forma u otra: con miedo, con confianza, con dolor, estoicamente…

Todo este preámbulo lúgubre y metafísico se lo suelto porque hoy estoy tecleando en Cimavilla, donde vivo, sin escuchar al helicóptero.

Desde hace unos días, cada poco, escuchaba el ruido de las aspas girando que me recordaban que aún no había aparecido Gonzalo, el niño que llevaba desde el 29 de diciembre perdido en nuestra costa; y cada vez que lo oía pensaba en su familia, y dudaba de si el hecho de encontrar el cuerpo les supondría un descanso, pues la certeza de su muerte, tras más de 10 días desaparecido en el Cantábrico era casi del 100%. Me imaginaba que la esperanza de encontrarlo con vida habría ido esfumándose con las horas, desapareciendo con los días. Y al desaparecer la esperanza solo queda la espera. Espera para poner un punto y final a la pesadilla.

Y en la espera sin esperanza solo hay tensión, y en la tensión no puede haber descanso.

Hace pocos días, a través del blog de Fran Nixon, me encontré con un texto de un psiquiatra gijonés, Guillermo Rendueles, que hablaba sobre la importancia de la forma de enfrentarse al duelo. Ahora los sicólogos son los primeros en intervenir cuando sucede una tragedia de este tipo, pero somos individuos culturales, y la necesidad de un final tal y como lo conocemos nos da mucho más consuelo que la razón o la ciencia. Y para ello, que el cuerpo de Gonzalo apareciese era indispensable. Un lugar donde practicar el rito del adiós, un momento donde poner el punto y final a una vida que, aunque acabada, en el caso de no aparecer siempre quedaría ligeramente abierta para los suyos.

Hoy ya no oigo el helicóptero y quiero pensar que la familia de Gonzalo, destrozada en su dolor, de alguna manera, ha encontrado algo de alivio ante esta tragedia al poder cerrar definitivamente el adiós de su hijo. El dolor seguirá de por vida, la incomprensión de la muerte, las preguntas del porqué, el qué hubiese pasado si… De eso no nos libra nadie, y mucho menos ante muertes de niños en circunstancias trágicas. Lo que espero es que ahora puedan lidiar con entereza con el dolorosísimo trance del duelo, ya por fin sin la incertidumbre de la espera.

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