jueves, marzo 22, 2012

¿Razones para creer?

Hace dos semanas les conté en un texto titulado “Alegría y esperanza” cómo un niño aquejado de una extraña y desesperanzadora enfermedad me había trasmitido una luz que yo no veía por estar en el lodazal anímico de la crisis. Una charca desde la que solo veo que los actores políticos y económicos nos arrastran al fondo. Una situación que me hace perder la fe en el ser humano; pues como ya han dicho muchos, esta es una crisis de valores, y para salir de ella hay que revertirlos: la felicidad asociada a un consumo irracional y de deseo continuo solo provoca insatisfacción.

Ahora llega la rebaja. Nos quieren hacer consumir sin ingresar. Han dejado la zanahoria, pero ya no tenemos alfalfa para caminar tras ella. ¿Qué consumiremos? La clase media cada vez es más pobre. Pero el neoliberalismo no quiere pararse.

Los humanos somos los únicos animales capaces de soportar la travesía del desierto si creemos que al final de ella va a haber un oasis, pero también somos los únicos incapaces de disfrutar de una noche de frutos dulces y una cama mullida si creemos que a la mañana siguiente vamos a ser privados de todo eso para siempre.

Descartes tenía razón: Primero hay que vivir para filosofar, para tener ideas, ideales. Pero también hay que tener un motivo para seguir viviendo. Para la mayoría el estado del bienestar está tocando a su fin y queda simplemente el “estar”, que ya es bastante. Pero sin el “Bien” se nos hace muy cuesta arriba seguir caminando.

Ya no estoy “indignado”. La palabra ha perdido significado de tanto uso, se ha llenado de connotaciones partidistas y ha perdido la “dignidad” de su raíz. Yo ahora estoy desesperanzado. Podrán decir que soy un veleta: si hace dos semanas les vendía a ustedes alegría y esperanza y ahora no me queda nada de eso. Pero las razones para creer se desvanecen…

Esta semana leí, descorazonado, que la Conferencia Episcopal había llamado al orden a las asociaciones obreras católicas por criticar la reforma laboral que propone el Gobierno. En las críticas que hacían dichas asociaciones mencionaban que la reforma se aleja del principio defendido por la Iglesia de la prioridad del trabajo frente al capital. Pero los obispos, preocupados también por los ingresos de la Iglesia y por el pago de los impuestos de su (inmenso) patrimonio, parece que están más interesados institucionalmente en no poner trabas a una reforma que le hará más favor al capital que al trabajo.

Vamos, que la Iglesia con mayúscula le pone una vela al mensaje evangélico y otra a los mercados. ¿Dónde quedó aquello de los mercaderes en el templo y el camello por el ojo de la aguja?

El título del artículo de hace dos semanas es el título de una carta pastoral del Concilio Vaticano II que versa sobre la posición de la Iglesia en el mundo.

Todos los días busco una razón para creer.

1 comentario:

Mónica dijo...

Yo creo que razones para creer hay, lo malo es que ya no sé en qué/quién creer. Era mucho más fácil cuando todo venía dado.