jueves, marzo 29, 2012

Decisiones emocionales

Cumplió los 16 el día anterior a la huelga y eso fue fantástico, porque un miércoles se convirtió en un viernes. Llevaron una tarta y unas cervezas al Cerro para celebrarlo y por fin habló con ese chico del colegio, un año mayor que ella, que tanto le gustaba desde hacía meses. Charlaron de música y de Gran Hermano. Él no soportaba a la Milá, a ella le encantaba. Después él le preguntó si había leído el libro de Orwell y ella lamentó para sí no haberlo hecho. Él le soltó un rollo sobre los estados totalitarios y el control a los ciudadanos, y después le habló de la huelga, de los trabajadores y de lo importante que era ir a la manifestación para que cuando ellos buscasen trabajo lo hubiese en unas condiciones dignas. Ella asentía absorta y solo quería que la besase, cosa que hizo antes de despedirse y que fue el mejor regalo de cumpleaños con el que podía soñar. Sus amigas la sometieron a un tercer grado cuando volvieron a casa. Ella iba descalza, con los tacones embarrados en la mano, pero sus pies no tocaban el suelo.

Al día siguiente, el día de la huelga, salió de su casa, en la avenida de la Constitución, para ir a casa de su abuela, en la calle San Bernardo. Se cruzó en el parque infantil con varias personas que llevaban pegatinas de la UGT en la chaqueta y pensó en la huelga, en lo que él le había dicho sobre ella y en lo que decían en su casa. Su padre había ido a la oficina con más ganas que nunca, escandalizado por la poca responsabilidad de hacer una huelga en una situación así. “Menudo país” dijo al irse. Su madre también se había ido al Corte Inglés, donde trabajaba, porque según había dicho no tenía ganas de perder 120 euros por una huelga que no iba a cambiar nada.

Pensando en cuál sería su postura entró en la calle Corrida y pasó por delante de una trifulca entre varias personas. Un numeroso grupo que portaba pancartas y carteles llamaban esquiroles e insultaban a los dependientes de las tiendas mientras entraban y salían de ellas amenazantes. Varios transeúntes comenzaron a increparlos: “¡Dejadles trabajar! ¡Un poco de libertad!”. Ella apretó el paso y se alejó del jaleo asustada.

En la plaza del Carmen le llegó un Whatsapp. ¡Era él! Le decía que si quería ir a la manifestación con él, que estaba frente a la iglesia de San José con unos amigos. Ella dudó. Miró a la derecha, en dirección a casa de su abuela, y hacia la izquierda, en dirección a la plaza del Humedal.

Casi siempre las decisiones políticas tienen mucho más de emocional que de racional. Y ella, joven e ilusionada, ahora solo quería mirar al futuro.

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